2 de abril de 1867 La otra gran batalla poblana

Durante la Intervención francesa Puebla es el escenario de dos de las más grandes batallas, ambas protagonizadas por el Ejército de Oriente. La primera, el 5 de mayo de 1862 en los cerros de Loreto y Guadalupe cuando el triunfo mexicano obliga la retirada de los franceses y la, segunda, del 2 de abril de 1867, cuando los invasores intervencionistas son derrotados en las calles del centro de la ciudad entre el Zócalo y El Carmen. En las dos batallas, el general Porfirio Díaz Mori tiene un papel destacado, siendo en la segunda el general victorioso de la derrota del ejército imperialista de Maximiliano de Habsburgo.

Entre una y otra batallas, se desarrolla la intervención con la que Francia pretendía adueñarse de nuestro país para consolidar su posición militar en América, aprovechando que en esos momentos los Estados Unidos se encontraban en medio de la Guerra de Secesión y, por lo tanto, avocados únicamente a sus propios problemas e intereses, dejando con ello en cierta debilidad militar al continente americano y particularmente a nuestro país.

En sus memorias, Porfirio Díaz relata los hechos de la batalla, con profusión de datos y pormenores, algunos de estos, a decir de sus detractores, un tanto fantásticos, como el momento aquel cuando en plena conflagración le cae un techo incendiado quemándolo parcialmente y perdiendo las botas.

Sin embargo, la realidad es que el 2 de abril es uno de los enfrentamientos decisivos para terminar con el Imperio de Maximiliano y Carlota.

El triunfo final de los soldados mexicanos al mando de Porfirio Díaz comenzó con la contraofensiva de 1866 que le permitió triunfan en Miahuatlán, la Carbonera y finalmente sitiar y vencer en Oaxaca. Parte entonces hacia Puebla a enfrentar al ejército imperialista. Al difundirse la noticia del avance de Porfirio Díaz, las fuerzas invasoras solicitan al general Leonardo Márquez que refuerce Puebla.

Con los invasores avanzando hacia la ciudad poblana, Porfirio Díaz decide el asalto a las tropas imperialistas y así en la madrugada del 2 de abril, la batería de cañones abre fuego. Los invasores no se quedan atrás y atacan a su vez al Ejército de Oriente. La lucha es feroz, prácticamente se gana cada calle, cada plaza mediante andanadas de artillería, lucha cuerpo a cuerpo y ríos de sangre. Después de casi diez horas de batalla, el Ejército de Oriente triunfa y controla la ciudad. Casi de inmediato el general Díaz decide consumar la derrota de los imperialistas y se dirige a liberar la ciudad de México, permitiendo con ello el arribo a la capital del presidente Benito Juárez y con ello el restablecimiento del gobierno mexicano.

Fue tal la importancia de esta batalla que Benito Juárez le concede al general Díaz el nombramiento de “Benemérito de la Patria en grado heroico”, condecorándolo con la medalla correspondiente. A Porfirio Díaz le enorgullece tanto este triunfo que durante todo su mandato como presidente de la República se conmemoraba fastuosamente la fecha.

Una anécdota al respecto demuestra el sentimiento que Díaz tenía por este triunfo, cuando ya en el exilio en Francia se hace retratar poco antes de su muerte, vistiendo el uniforme verde militar nacional y lleno el pecho únicamente de condecoraciones mexicanas, de las cuales destaca primordialmente aquella que Juárez le otorgó por la batalla del 2 de abril de 1867.

A pesar de todo lo sucedido posteriormente en los gobiernos de Porfirio Díaz, la batalla del 2 de abril es una de las más grandes muestras de arrojo y valor patrios que los poblanos hemos dado a la historia nacional y debería retomarse su celebración.