El chocolate, un placer del elixir divino y brebaje profano, parte II.

«Gracias a Dios que ya no he de moler chocolate, ni me ha de moler a mí a quien viniere a visitarme»

Sor Juana Inés de la cruz

En retroalimentación a la primera parte de este artículo se expusieron las hipótesis del origen de la palabra chocolate, y su papel protagónico en las culturas mesoamericanas. Prosiguiendo con la segunda parte, se centrará en su papel de discordia entre el clero y la sociedad novohispana; por ejemplo, la historiadora Sonia Corcuera señala que, en el siglo XVII, el chocolate como bebida fue un tema de discusión, que incluso llegó a tildarse de ser un sinónimo de un placer erótico y sexual. Profundizando en el tema, de acuerdo con la investigadora María Águeda Méndez menciona que las bebidas de cacao fueron desvirtuadas y adquirió tintes sesgados y visos de sexualidad. Otro autor que se puede citar en la descripción del chocolate con connotaciones de sensualidad es el cronista Bernal Díaz del Castillo, quien describió las copas de oro con una bebida a base de cacao presentadas a Moctezuma (…) que decían era para tener acceso a mujeres (…)

El chocolate discordia del nuevo mundo

Durante el virreinato el chocolate fue tan popular que llegó a la taza del sumo pontífice en Roma y en la Nueva España esta bebida logró gran fama entre el clero y virreyes como el marques de Mancer, tal es así que incluso se llegó a usar el término y el diseño de la mancerina, un plato amplio con abrazadera que permite sostener la jícara de chocolate y el “pozuelon frailero” denominación dada al pocillo grande en el cual se bebía. Incluso en la arquitectura monástica y otros recintos religiosos se acondicionó una sala denominado el chocolatero para ingerir tan deseada bebida. Sin embargo, el chocolate también fue símbolo de discordia; profundizando tenemos de referencia el dato que en Chiapas en el año de 1625 Thomas Gage escribió sobre mujeres que afirmaban su imposibilidad de soportar la misa entera sin beber una jícara de cacao durante la ceremonia litúrgica por su “flaqueza de estómago”. Este acto fue de controversia para el clero; por lo que el obispo de la localidad Bernardo de Salazar, decidió excomulgar a todos los que asumieran el habito de beber chocolate durante la misa. Tras esta acción de restricción la Catedral se quedó sin fieles y sin limosnas, al poco tiempo el prelado enfermó; cuentan que habían envenenado su pocillo: “Tantos gestos hacia el chocolate en la iglesia, que el que tomó en su casa no le sentó bien”, escribió Gage.

Brebajes profanos de seducción

En la época novohispana, la bebida del chocolate tuvo tantas funciones y señalamientos para diferentes fines, por ejemplo, se llegó a mezclar con yerbas, sangre de menstruación o agua con la que se lava el hocico a los perros para hacer menjurjes con capacidades adivinatorias, amansar a los maridos o amantes someter voluntades y a los agresivos, causar impotencia sexual, enamorar o romper con todo lo anterior descrito.

Gracias a Águeda Méndez localizó documentos en el Archivo General de la Nación de México donde se denuncia ante la inquisición la usanza heterodoxa del chocolate; un caso particular revela su utilización para redactar quejas y llamar la atención del Santo Oficio, un hombre de nombre Mathías Ángel, quien vivió en el siglo XVII fue acusado de herejía el cual se procedió a su encierro y harto de ser ignorado, escribió sobre su inocencia con un popote entintado con el chocolate que le daban de beber durante su captura. El documento aun es legible, lo cual la Dra. Méndez infiere un posible significado del dicho: “Las cuentas claras y el chocolate espeso”.

El chocolate ¿Pecado en el claustro?

Beber chocolate en los conventos fue una práctica cotidiana, que por añadidura se convirtió en parte de la dieta de las religiosas y llegó a dedicarse un espacio definido en todos los monasterios de la ciudad de Puebla de los Ángeles, con excepción de los conventos de carmelitas descalzas de Santa Teresa y la Soledad, (Dicha orden juraba en sus votos de profesión perpetua la renuncia al chocolate). En la segunda mitad del siglo XVIII y derivado de la aplicación de las leyes de reformas por el obispo angelopolitano Francisco Fabián y Fuero, se pretendió eliminar dicho espacio (chocolatero) para evitar la amena comunicación que en él se propiciaba, ordenando a las calzadas que en adelante se tomará el chocolate en el refectorio (Espacio común para tomar los alimentos); al parecer las múltiples cartas de rechazo enviadas al prelado, no se modificó ni su función ni su ubicación. A continuación, se transcribe el siguiente texto que demuestra lo dicho:

(…) confiadas en su paternal amor y grande benignidad de V.S. Ylma todas le hacen presente sin embargo de estar siempre prontas para solo executar en todo lo que fuere de su superior y agrado que si es posible las excuse de tomar los chocolates en el refectorio permitiendo que lo hagan en la pieza que antes se había destinado para chocolatero pues a más de que ésta es más fría está más inmediata al coro alto y baxo de donde suelen salir con necesidad de descansar ynmediatamente o de tomar refacción. (…)

Como se puede leer este es uno de los pocos ejemplos en un convento femenino, que el obispo reformista no pudo cambiar. El chocolate se siguió tomando en los conventos de mujeres después de asistir al coro. El caso anterior demuestra el arraigo de una costumbre y un modelo de sociabilidad colectiva y privada. Por otra parte, la Dra. Lourdes Aguilar Salas, señala que la restricción del chocolate en los conventos de la orden de carmelitas se debía a su asociación con sensaciones en el cuerpo, incluso afrodisiacos, se le relacionaba con la fiesta, el alboroto y la emoción que impedía a las monjas realizaran su vida contemplativa. También nos dice la Dra. Aguilar que era costoso el consumo de chocolate y que estaba limitado a la elite novohispana, y nos dice “las monjas lo tenían permitido muy diluido en lo que nosotros ahora conocemos como atole o champurrado”. A continuación, otra transcripción del voto de no beber chocolate:

“Yo la Hna. María Josefa Beatriz de San Juan Bautista hago mi profesión y prometo obediencia, castidad, pobreza y perpetuo encerramiento a Dios (…) así mismo hago voto de no beber chocolate, ni ser causa de que otra lo beba”. A partir del año 1616 a 1949 estos fueron los votos que juraban las monjas de la orden de la Virgen María del Monte Carmelo.”

Es indiscutible la influencia e impacto del chocolate en la cultura universal, en particular en la historia de México y las artes como la literatura y luego llevado al séptimo arte el cine, me refiero a la obra titulada Como agua para chocolate de Laura Esquivel, con la que me permito concluir con la siguiente cita: “Tita también da forma a sus penas al moler el cacao tostado en el metate la incorpora con azúcar hasta que deja de distinguirlas en la masa y hace tabillas redondas, alargadas, según el tamaño de la tristeza”.