Todo comenzó con el maíz, más bien con su domesticación; es decir con transformar en culto un principio salvaje, en dúctil un elemento agreste, en benéfico intemporal un elemento natural perecedero. De tal suerte, grano y mazorca nos permitieron evolucionar de entes sin rumbo a seres con alma y carne de maíz, civilizados y civilizatorios, doctos hijos sobrevivientes de Tlali Nantli (Madre tierra) y Centli / Tlaolli (mazorca y grano).
Fue en el fértil valle de Tehuacán donde ocurrió el prodigio. Hace casi cinco mil años; diez veces más que la creación de la ciudad de Puebla. Eso demuestra que somos una civilización –la poblana– antigua, ancestral, imperecedera, inmortal.
Mujeres y hombres herederos de portentos naturales, saberes más que antiguos y porvenires luminosos y esperanzados en este umbral de los primeros 5 siglos de grandeza conjunta.





