La memoria biocultural y espiritual del agua en la historia de Puebla

A lo largo de la historia, los cuerpos de agua han sido esenciales para el establecimiento y desarrollo de los primeros asentamientos sedentarios humanos, como por ejemplo, los ríos Tigris y Éufrates para el desarrollo de Mesopotamia, el río Nilo relevante para la vida agrícola, económica y cosmológica del antiguo Egipto o la cuenca de México cuyos lagos de agua salada y dulce dieron origen a la gran Tenochtitlan, hoy Ciudad de México.

Por lo anterior, ¿cuál es la memoria del agua en Puebla? Una pista la encontramos en la Real Provisión, en dicho documento se otorgó el escudo de armas a Puebla en el año de 1538 por el rey Carlos V; en la iconografía del escudo se aprecia un cuerpo de agua en la parte inferior con ondulaciones que simulan el movimiento del agua, quizás en referencia a la abundancia de este elemento en el valle angelopolitano. A continuación, exploraremos algunos aspectos relevantes que nos darán cuenta de ello desde la concepción mesoamericana, cristiana y contemporánea.

Perspectiva mesoamericana: el agua como fuerza cósmica

Antes de la fundación de la ciudad de Puebla de los Ángeles, el valle de Cuetlaxcoapan estuvo habitado por diferentes grupos étnicos como nahuas y popolocas que veneraban al agua como sustancia sagrada y dadora de vida. En la cosmovisión mesoamericana, los manantiales, cuevas y ríos eran portales entre el mundo terrestre y el inframundo (Tlalocan), morada de Tlaloc dios de la lluvia y de las montañas y Chalchihuitlicue, conocida en la mitología tlaxcalteca como Matlalcueye diosa de lagos, cuerpos y corrientes de agua.

Los rituales agrícolas en torno a los cerros y manantiales de la región —como los del volcán La Malinche o los nacimientos en San Baltazar Campeche y Amozoc— tenían la función de asegurar la fertilidad de la tierra y la armonía cósmica.

El agua no solo regaba los cultivos, sino que purificaba y regeneraba; era símbolo de renovación cíclica, de continuidad entre los vivos y los muertos. En este sentido, la “memoria del agua” es también una memoria ritual: cada lluvia evocaba el orden ancestral del mundo.

La fundación de Puebla y el significado cristiano del agua

Con la fundación de Puebla de los Ángeles en 1531, el agua adquirió una nueva connotación simbólica y teológica, reinterpretada desde el cristianismo. El agua dejó de ser solo la sustancia de la fertilidad para convertirse en símbolo de redención, pureza y bautismo.

La planeación urbana renacentista de Puebla —una de las pocas ciudades españolas fundadas por trazado geométrico (tipo damero agedrezado)— respondió a un orden teológico y civil donde el agua debía circular como gracia divina y recurso racional. Se construyeron importantes cuerpos arquitectónicos y de ingeniería como fuentes públicas y lavaderos, que representaban tanto la higiene corporal y abastecimiento de las actividades diarias y de consumo, como la limpieza moral del cuerpo social.

El río San Francisco y el río Atoyac fueron los principales ejes hidráulicos de la ciudad. A lo largo del siglo XVI, el agua se canalizó mediante una red de acequias y manantiales que alimentaban fuentes monumentales en plazas, conventos y edificios civiles notables. Además de los molinos y otras industrias que se instalaron a las riveras de dichos ríos.

El río Atoyac y la temporada de lluvias

El río Atoyac, cuyo nombre significa “lugar junto al río” o “agua que corre” en náhuatl (a-tōyac), fue la columna vertebral hidrográfica de Puebla. Nacía en los manantiales de las faldas del Iztaccíhuatl y atravesaba el valle irrigando huertos, molinos, curtidurías y trapiches.

Durante la temporada de lluvias (junio a septiembre), el río cobraba una fuerza simbólica especial: se veía como la sangre de la tierra, la renovación del ciclo agrícola y espiritual. Los pobladores —primero indígenas y después mestizos— celebraban la llegada de las lluvias con rituales híbridos, donde se mezclaban antiguas ofrendas a Tlaloc con ritos católicos relacionados con San Juan Bautista.

Aguas termales y balnearios en la tradición poblana

Durante el siglo XIX y principios del XX, el agua volvió a cobrar un carácter medicinal y recreativo. En torno a la ciudad se descubrieron aguas termales y sulfurosas, consideradas sanadoras por su contenido mineral.

Destacan los balnearios de Agua Azul, San Baltazar, Amalucan, Amozoc y Totimehuacan, donde la población acudía para bañarse, curarse o descansar. Estas aguas eran vistas como dádivas naturales con poder terapéutico, y su uso se inscribía en la tradición ilustrada del “baño como salud”, heredera de los baños conventuales y las prácticas de purificación espiritual.

Los baños termales también se convirtieron en espacios de convivencia social, donde la noción de “cura” se mezclaba con la de ocio, integrando el agua nuevamente en la vida cotidiana, pero ya bajo un paradigma científico y burgués.

La memoria urbana y espiritual del agua

La memoria del agua en Puebla puede leerse como una narrativa de continuidades simbólicas:

  • En el mundo prehispánico, fue vínculo con los dioses y la fertilidad.
  • En el periodo novohispano, fue signo de pureza, orden y redención. También asociado a la fiesta de San Juan Bautista.
  • En la actualidad, se ha reflexionado sobre su recurso y patrimonio, pero también símbolo de identidad y memoria de la ciudad de Puebla

Cada fuente, río y manantial poblano guarda memoria: las lluvias que marcaron los ciclos agrícolas, los rezos que pedían agua en las sequías, las manos que lavaron en Almoloya, los niños que se bañaron en Agua Azul, los frailes que bendecían los manantiales.

Desde una lectura antropológica y ecológica, el agua en Puebla no es solo materia, sino relato, un hilo invisible que une la geografía con la espiritualidad, la historia con la memoria, y la naturaleza con la cultura.

Conclusión

El estudio de la memoria biocultural del agua en Puebla revela una relación profunda entre paisaje, simbolismo y civilización. El agua ha sido espejo de las transformaciones del alma poblana: de la cosmovisión indígena a la teología cristiana, del ritual a la técnica, de la sacralidad al patrimonio.

También es un llamado de atención a replantearnos sobre los usos y cuidados de tan importante elemento natural no renovable en el municipio de Puebla sus juntas auxiliares y barrios, el cual como se ha visto en menos de 500 años se han desecado arroyos y nacimientos de agua y el cambio urbano ha transformado por completo el corpus urbano poblano como el entubamiento del rio san Francisco en la década de los 60s del siglo XX para dar paso al boulevard 5 de mayo, en su contexto para “modernizar” a la ciudad, hoy entendemos que no fue la mejor solución. 

Hoy, rescatar la memoria del agua implica reconectar la ciudad con su geografía sagrada, reconocer los cuerpos de agua como testigos de identidad y asumir que en cada fuente, río o balneario se preserva la voz más antigua del territorio: la del agua que recuerda.

Fuentes y bibliografía consultada

  • Bazant, Jan. Puebla de los Ángeles: historia de una ciudad novohispana (1531–1821). México: Fondo de Cultura Económica, 1992.
  • Gruzinski, Serge. La colonización de lo imaginario: sociedades indígenas y occidentalización en el México español, siglos XVI–XVIII. México: Fondo de Cultura Económica, 1991.
  • López Sarrelangue, Delfina E. Urbanismo y arquitectura civil del siglo XVIII en Puebla. México: INAH, 1972.
  • González Galván, Manuel. El agua y su simbolismo en la arquitectura virreinal mexicana. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1985.
  • Rodríguez Martínez, José Luis. Sistemas hidráulicos y manejo del agua en la Puebla colonial. Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), 2014.
  • Márquez Rosano, Sergio. El río Atoyac y la configuración del valle poblano. Puebla: Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura, 2001.