A lo largo de la historia de la humanidad, los canes parientes lejanos de los lobos fueron los primeros animales domesticados que interactuaron con los humanos, la humanidad primitiva y sedentaria generó con los perros vínculos de amor, lealtad, protección y apoyo en la custodia de rebaños, aliado de guerra; incluso en algunas culturas antiguas la presencia de los perros estaba presente en su cosmogonía, religión, prácticas y ritos funerarios como en Mesoamérica el cual el perro Xolo se convierte en guía para llegar al más allá.
En el cristianismo y en particular el catolicismo establece el 17 de enero como el día de San Antonio Abad, egipcio, el grande o el ermitaño; quien es considerado por la feligresía como el santo patrono o protector de los animales, san Antonio vivió entre finales del siglo III y principios del siglo IV de nuestra era, de acuerdo con los relatos de san Atanasio y de san Jerónimo, popularizados en La leyenda dorada del dominico genovés Santiago de la Vorágine en el siglo XIII, relata que en una ocasión que San Antonio fue a visitar a Pablo el ermitaño había un cuervo que según la tradición alimentaba a este anacoreta dándole una hogaza de pan y dio la bienvenida a Antonio dándole dos hogazas. Otra tradición y es quizás la más conocida tiene que ver con una jabalina y sus pequeños jabatos que se acercaron a él en una actitud de súplica pues estaban ciegos. El santo curó a los animales y desde entonces la madre no se separó de él y le protegió de cualquier alimaña que se le acercara, es por ello que en la iconografía de este santo se le representa a sus pies un jabalí o cerdo, actualmente el 17 de enero es el día de la bendición de los animales de granja y domésticos, destacando los perros de diferentes razas, colores, tamaños y texturas, esa imagen del perro me remite a otra historia de un santo que vivió en el siglo XIV en la Europa medieval, Roque provenía de una familia acaudalada sin embargo, a los 20 años quedó huérfano y vendió todos sus bienes, repartió el dinero entre los pobres y emprendió un viaje hacia Roma para visitar los santos lugares En esa época se desató una epidemia de peste que provocó gran mortandad en toda Europa.
Roque recorrió Italia y se dedicó a curar y atender a todos los enfermos de la peste. Cuidó enfermos en Acquapendente, Cesena, Roma, Rímini y Novara. La tradición popular decía que curaba a muchos enfermos con solo hacer sobre ellos la señal de la cruz. A los que morían, él mismo les hacía la sepultura, pues nadie más se atrevía a acercarse a los cadáveres por el miedo a contagiarse de la peste. Pero fue en Piacenza en donde contrajo la enfermedad; su cuerpo quedó lleno de manchas negras y úlceras. Como Roque no quería ser una carga para nadie, se arrastró hasta las afueras de la ciudad para morir solo y se refugió en un bosque; allí nació un aljibe de agua que le calmaba la sed. Poco después, un perro llegó con un pan y se lo dio al santo para alimentarlo; esto ocurrió por varios días, pues el perro sacaba el pan de la cocina de su amo, hasta que un día el amo decidió seguir a su perro y descubrió lo que ocurría; entonces el amo del perro se encargó de cuidar a Roque y curarle sus llagas. Cuando se recuperó, regresó a la ciudad, donde siguió curando no solo a personas, sino también a animales.
Derivado de esta historia aparece representado en las artes plásticas vestido de peregrino con bordón, sombrero y capa, con una llaga en una pierna, siendo la más habitual la izquierda, y acompañado de un perro, que suele llevar un pan en la boca, llamado Rouna, o un ángel, aunque a veces son representados ambos, su fiesta es el 16 de agosto y su atributo más destacado es el perro Rouna.
Otro santo muy popular pero cuya historia nos es tan conocida es la de San Cristóbal, el gigante que ayudó a cruzar a Cristo un rio. Lo que pocos saben es que San Cristóbal fue representado con la cabeza de un perro durante muchos siglos, y solo en el siglo XVIII la Iglesia Ortodoxa abandonó tal tradición. ¿De dónde vino este mártir en el panteón de los santos cristianos y por qué se ve tan inusual? Los cinocéfalos, o pesigolovtsy, fueron descritos por primera vez como un pueblo por historiadores y viajeros antiguos. Las menciones de ellos se pueden encontrar en las obras de Heródoto, Plinio el Viejo, Hesíodo. Los historiadores los describen de diferentes maneras, pero todos están unidos en el hecho de que esta gente, a diferencia de la gente común, vive en la frontera de la Oikumene conocida por los pueblos antiguos, en Escitia, India, Etiopía o Libia. Sus características son personas con cabezas de lobo o perro, sin embargo, no hay que tomarlo de manera literal esta descripción quizás era una forma de diseñar la imagen de aquellos gentiles extranjeros ajenos a la cultura y religión de la Europa occidental. Según una tradición muy popular, san Cristóbal fue originalmente uno de esos hombres con cabeza de perro que, después de conocer a Cristo, recobró su apariencia humana. Por supuesto, es una imagen simbólica utilizada para mostrar que dejó atrás una vida de depravación para vivir según el Evangelio. Los primeros cristianos, especialmente en Oriente y sobre todo en Egipto, decidieron representar a Cristóbal con cabeza de perro en referencia a esta legendaria conversión. Desde el siglo XII, la preferencia fue la de retratarlo como ayudando a un niño a cruzar un río, que es otra parte de su leyenda. Su nombre es además un derivado de las palabras griegas Khristos (Christos) y phorein (portador), es decir, ‘aquel que lleva a Cristo’. Por ello la forma de representar a San Cristóbal con cabeza de perro en el cristianismo ortodoxo fue prohibido a partir del siglo XVIII, aunque aún existen murales y obras de arte que se exponen en museos donde podemos apreciar la representación de San Cristóbal patrón de los viajeros con cabeza de perro.
Para concluir la fidelidad canina, no podríamos dejar de mencionar la historia descrita por el monje dominico Esteban de Borbón en 1250, en su libro De Supersticione, donde recopilaba una larga lista de leyendas y fábulas moralizantes en la cual menciona al galgo a San Guinefort fue, según la leyenda, un perro de raza lebrel que vivió en la Francia del siglo XIII, y fue objeto de devoción como santo después de muerto. Su santidad no es reconocida por la Iglesia Católica, que ha prohibido varias veces el culto a este animal. Su historia relata a un caballero que salió de caza y dejó a su hijo pequeño al cuidado de Guinefort. Cuando regresó, encontró la guardería desordenada: la cuna volcada, el niño desaparecido y Guinefort saludando a su amo con las fauces ensangrentadas. Creyendo que Guinefort había atacado a su hijo, el caballero mató al perro y lo tiró a un pozo. Entonces oyó el llanto de un niño; volcó la cuna y encontró a su hijo tendido, sano y salvo, junto con el cuerpo de una víbora ensangrentada por las mordeduras del perro. Guinefort había matado a la víbora y salvado al niño. Al darse cuenta del error, la familia le dio un entierro con todos los honores, lo cubrió con piedras y plantó árboles a su alrededor, erigiendo un santuario para Guinefort. Al enterarse del martirio del perro, los lugareños lo veneraban como un santo y visitaban su santuario de árboles cuando lo necesitaban, especialmente las madres con hijos enfermos.
A pesar de las reiteradas quejas y prohibiciones de la iglesia, el culto local al animal fue constantes hasta principios de siglo XX. Su festividad era el 22 de agosto. Su culto persistió hasta el año de 1940. Y así recopilamos una serie de historias santas y los caninos de Dios, los perros los grandes amigos de la humanidad.





